martes, 27 de enero de 2015

¿Y si necesito morir? ¿No puedo sin sufrir?

Es curioso ver que la eutanasia aun parece un tema tabú en la sociedad actual en la que se vive. El derecho a la vida crea una gran confusión social y ética, un ser humano tiene la obligación a vivir, pero, ¿no tiene la opción de morir? Durante varios años, los gobiernos han dado esquinazo a la problemática que se crea en torno al derecho de quitarse la vida cuando una persona ya no considera que deba continuar.

En gran parte de los países del mundo la eutanasia no está aceptada. En los que se puede aplicar predomina la forma pasiva, es decir, dejar un tratamiento comenzado o no empezarlo para facilitar que la muerte del paciente no se prolongue en el tiempo sin posibilidad de éxito. Un ejemplo es la respiración asistida que se le imparte a un enfermo porque sin ella no podría vivir. Si la familia lo desea puede pedir que se deje de utilizar la máquina y así muera el paciente.

La eutanasia activa se da en unos pocos estados de Estados Unidos y en tres países europeos (Holanda, Bélgica y Luxemburgo), en Suiza no es posible a través de la medicina, pero existen asociaciones que proveen de los medios a los usuarios, lo cual está permitido legalmente. Con la eutanasia activa se ataja el problema de raíz, se suelen estudiar los casos que reclaman ayuda. Cuando se trata de enfermedades que no tienen curación o que están en una fase muy avanzada, las autoridades sanitarias proceden a cumplir los deseos del paciente para que no sufra. Algo que según la ética médica debería ser lo más aceptado y comprensible para el bienestar de los pacientes, sin embargo, pocos gobiernos suelen fijarse en esta obviedad tan grande para muchos profesionales médicos.

"Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona". Así es el artículo tercero de la Declaración de los Derechos Humanos referente al derecho a la vida. Esta frase no interfiere para nada en la utilización de la muerte asistida pero sí lo hace el artículo treinta y último de la declaración: “Nada en esta Declaración podrá interpretarse en el sentido de que confiere derecho alguno al Estado, a un grupo o a una persona, para emprender y desarrollar actividades o realizar actos tendientes a la supresión de cualquiera de los derechos y libertades proclamados en esta Declaración”. Legalmente puede significar algo, pero el problema con la eutanasia es más bien ético que legislativo.


¿Ayuda o crueldad para los pacientes?

Se conocen muchos casos de personas que han querido “disfrutar” de la eutanasia y no se les ha podido conceder por el país en el que residían. Estos conocidos son una ínfima proporción de la cantidad de gente que necesita una muerte digna antes de morir de cáncer o llegar a un estado vegetativo el cual no admiten como algo honroso.

En el ámbito español uno de los casos más conocidos es el de Ramón Sampedro. Un gallego que se quedó tetrapléjico al saltar al mar desde unas rocas cuando estaba la marea baja. Ramón solo podía mover y sentir la cabeza, algo que era un sufrimiento mental terrible para el español. No podía soportar estar en su cama hora tras hora, día tras día y así continuando hasta que se quedara sin vida a los, ¿65 años? Con suerte eso sí. Es por ello que pedía dar por finalizada su vida, algo que el estado español no podía permitírselo. Estuvo 25 años en su cama hasta que gracias a un plan con sus amigos pudo morir sin que el delito fuera para nadie en concreto. Ramón Sampedro relató sus experiencias a través de un conjunto de escritos en su obra "Cartas desde el Infierno". Esta historia llegó también al cine de la mano de Alejandro Amenábar bajo el título de "Mar Adentro", con Javier Bardem y Belén Rueda como protagonistas, ganando un Óscar a mejor película de habla no inglesa.


El Hospital Severo Ochoa de Leganés estuvo durante bastante tiempo impartiendo la eutanasia activa de forma “ilegal” a los pacientes que no tenían un pronóstico nada favorable para su recuperación, de hecho, estaban destinados a morir. Las autoridades sanitarias solo acortaban su sufrimiento. No obstante, estas acciones se vieron desmanteladas por una denuncia anónima que el gobierno del PP de Madrid, principalmente el Consejero de Sanidad Manuel Lamela, apoyó con total firmeza. Varios trabajadores del hospital contaron experiencias de familiares que se lo agradecieron ya que ahorraban sufrimiento a unos pacientes que ya no tenían remedio. En este caso fue importante separar lo ético de lo profesional, aunque, sin ninguna duda, si muchos de los trabajadores optaban por hacerlo en contra de la ley es porque su integridad moral requería que lo hicieran.

El derecho a la vida, propiamente dicho, garantiza vivir desde un nacimiento hasta la muerte natural del individuo. Pero, ¿y si llegado a un punto la vida es peor que la muerte? Por esta pregunta luchan cientos de asociaciones alrededor del mundo, intentando crear una empatía que haga a los mandatarios de los grandes organismos, nacionales como internacionales, se replanteen la opción de la eutanasia.

Un problema ético

A lo largo de la historia se ha ido ejecutando la eutanasia con sus altos y bajos respecto a la opción moral. En Grecia se podía practicar sin problemas hasta que Hipócrates lo prohibió. En la Edad Media la eutanasia estaba condenada por la Iglesia y en la Edad Moderna se debatía sobre el tema. A principios del siglo XX se fundaron las primeras asociaciones y hasta ahora muy pocos países la legalizan. Exactamente, ¿cuál es el problema? La mentalidad en multitud de estados del mundo es muy abierta y comprensible, pero parece que con este tema no se encauza ninguna solución. Cierto es que la gente que pide ayuda para su suicidio puede ser una minoría en comparación con el número total de la población de un país. No obstante, es una minoría realmente necesitada y con un sufrimiento físico y psíquico considerable. Aunque lo que más pesa en las mentes de los pacientes con enfermedades degenerativas es el no poder remediar sus vidas.

Una persona que se queda en paro o sin casa puede desear morirse pero sigue habiendo una solución. En cambio, una persona con una enfermedad incurable que lo único que le va a aportar es sufrimiento y dependencia de los demás (algo que muchos no soportan) necesita la garantía de, llegado el momento, decir basta porque ya no pueden seguir disfrutando de la vida. Entonces, ¿qué es lo que frena a los mandatarios políticos para no ponerse en la piel de estos pacientes? ¿Quizás la religión? 

La eutanasia tiene un gran matiz que la diferencia del aborto, algo en lo que están en contra muchos colectivos religiosos. Sigue habiendo una vida de por medio pero una persona elije por sí misma lo que desea. Las quejas ante el aborto pueden ser comprensibles porque la madre elije por el feto pero en la eutanasia no, sino que el paciente quiere trenzar su futuro y cada persona es libre de poder elegir sus pasos a seguir. Hasta que llegue el momento propicio los pacientes con enfermedades incurables y en un estado muy avanzado tendrán que ingeniárselas para poder “sobrevivir” con el menor sufrimiento posible.

No hay comentarios:

Publicar un comentario